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El postureo. Juan Luis Pozo, diciembre 2025

Terminamos 2025 y podríamos decir, sin exagerar, que ha sido el peor año en la lucha contra la emergencia climática. En mi caso particular, además, ha sido también el peor año de mi vida, a causa de un accidente que me mantiene postrado en una cama de hospital. Una situación que, paradójicamente, me ha regalado tiempo para reflexionar sobre las claves que han convertido a 2025 en ese año negro frente a la emergencia climática. Y esas claves no son otras que el “postureo climático”.

Y no, a estas alturas no es ninguna ingenuidad pensar que el mercado condiciona la manera en que empresas, organizaciones y la sociedad en general afrontan, en cada momento, la lucha contra la emergencia climática.

En este 2025 hemos vivido episodios climáticos tan adversos —o más— como los registrados en años anteriores, por ejemplo, ha sido uno de los veranos más calurosos desde que existen registros, que ha favorecido un incremento desproporcionado de los incendios forestales que nos han asolado. O, fuera de nuestras fronteras, el peor huracán de la historia del Caribe, con vientos superiores a los 295 km/h.

El cambio climático es una evidencia que nadie puede negar. Sus efectos adversos, su intensidad y la gravedad de sus consecuencias baten récords con una severidad desconocida hasta la fecha: récords negativos en fallecimientos humanos, en destrucción, en daños materiales y en desolación absoluta.

Todo ello se produce en un contexto en el que los ciclos de estos fenómenos se aceleran vertiginosamente, mientras que los ciclos de recuperación se alargan hasta el punto de que las zonas afectadas jamás llegan a recomponerse antes de que se produzca un nuevo episodio. Un ciclo continuo de destrucción y de dolor.

En ese sentido, espero totalmente equivocarme, puede que la totalidad de los daños producidos por la DANA de Valencia el pasado 29 de octubre de 2024, por desgracia, no serán restablecidos ni recuperados antes de que un hecho similar vuelva a repetirse con consecuencias igualmente devastadoras, que hayamos aprendido y no afecten a las vidas humanas.

Y, sin embargo, una sociedad cada vez más concienciada es incapaz de evitar que la toma de decisiones se produzca en función del “Postureo climático”.

¿Y, qué es el postureo climático? Si todos tenemos clara la realidad incontestable del cambio climático, el postureo climático no es otra cosa que la capacidad infinita del ser humano para anteponer intereses económicos a cuestiones esenciales para la vida, con el simple y llano argumento de que “todavía no me ha afectado a mí”.

Esta lógica se ha reflejado de forma evidente en la división y el aislamiento de 80 países —responsables del 20 % de las emisiones de CO₂ del planeta— que hasta ahora habían estado activos en la lucha contra la emergencia climática, frente a un bloque de 117 países que representa el 80 % de las emisiones globales y que, en la última COP30 de Belém (Brasil), han optado por poner en jaque los cimientos de Naciones Unidas en la defensa mundial frente a la emergencia climática. Y estos países han conseguido , en este postureo climático la desaparición de cualquier referencia al fin de los combustibles fósiles.

Con esta COP30, las cumbres y los espacios de consenso necesarios para afrontar con garantías la emergencia climática han roto aguas y han dejado de tener sentido.

Si el postureo climático se impone, no es necesario seguir celebrando más cumbres ni reuniones. Afrontemos entonces, desde nuestra propia hipocresía social, la expresión: “que cada palo aguante su vela”. Pero no perdamos más tiempo siendo profetas en un desierto que cada vez se extiende más y no queremos ver, porque la emergencia climática ya no la vivimos de forma extraordinaria, sino de forma ordinaria. Y nuestra hipocresía colectiva nos lleva a anteponer otros intereses, mientras seguimos —y seguiremos— jugando como sociedad al juego de la ruleta rusa.

Una ruleta rusa que, sin saberlo, empezamos a jugar hace 33 años, en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992. Entonces, el tambor del revólver tenía 100 posiciones y una bala. Hoy nos queda un tambor con cinco posiciones y una bala. Por muy valientes que nos creamos, la naturaleza —que es sabia— nos irá quitando año tras año una posición más del tambor.

Este año hemos asistido también a cómo la crisis de identidad de Europa ha sido señalada por los enemigos de nuestro sistema de bienestar como consecuencia directa de la posición europea en defensa de la lucha contra la emergencia climática. Una patraña que, sin embargo, ha tenido un efecto inmediato: el miedo y la paralización de las autoridades europeas, que han ralentizado buena parte de los procesos administrativos abiertos para avanzar en este camino.

Esta lectura errónea no se ha centrado en el fondo del problema, sino en la forma. Una forma que, si bien es cierto, estaba asfixiando a empresas y organizaciones por una burocracia excesiva. No es menos, cierto que ese miedo al abismo y ese pánico escénico han terminado dando alas a una narrativa peligrosa que argumenta: que el problema de fondo es mentira y que la emergencia climática no existe.

Yo no voy a calificar ese miedo al abismo. Solo quiero reflexionar, con ejemplos sencillos, sobre lo difícil que resulta afrontar la realidad climática cuando la fundamentamos en el postureo climático. Hasta ahora, empresas y organizaciones hemos vivido esta realidad como una onda sinusoidal: tras el Acuerdo de París estábamos en la parte alta de la onda y todos queríamos ser líderes climáticos; hoy estamos en la parte baja y ninguno quiere serlo. Nos rasgamos las vestiduras para no seguir siendo referentes climáticos, por miedo a que ello afecte a nuestras relaciones con quienes han conseguido poner en duda el fondo del problema y condicionar, desgraciadamente, las corrientes de opinión.

He asistido a 6 COPs (París, Madrid, Glasgow, Sharm el-Sheij, Dubai y Bakú). Y recuerdo, el lema de la cumbre de Madrid “It’s time to act”. Sin embargo, cinco cumbres después, muy lejos de reaccionar, nos encontramos en el momento de cambiar el centro de la diana, que ahora ya no ocupan los negacionistas, sino los defensores. Hace solo tres años, asistir a una COP era un símbolo de prestigio social y empresarial. Hoy, si acudimos, preferimos no contarlo, para evitar que la nueva corriente de opinión pida nuestra cabeza por defender aquello que va en contra de lo que dicta el postureo climático.

El problema —como en el juego de la ruleta rusa— es que esta onda sinusoidal volverá a subir. Con una diferencia crucial: cuando vuelva a hacerlo, posiblemente ya hayamos perdido la partida.

Termino con una conclusión clara: tengamos la decencia, la vergüenza y, sobre todo, el valor de seguir defendiendo que la emergencia climática es, y seguirá siendo, una realidad que acabará por engullirnos a todos. Y si como sociedad queremos seguir apretando el gatillo en este juego de la ruleta rusa, hagámoslo. Pero no olvidemos que la bala que hay en el tambor, más pronto que tarde, será disparada.

 

Juan Luis Pozo Calderon

Director del Área de Sostenibilidad Corporativa de Global Omnium

Global Omnium es miembro de la Fundación Privada Empresa y Clima