Dos aviones idénticos pueden despegar con el mismo consumo de combustible y dejar huellas climáticas distintas. El resultado no depende solo de las emisiones de dióxido de carbono, sino de cómo, cuándo y por dónde operan dentro del espacio aéreo. Incorporar estas variables en la planificación de rutas abre la puerta a rediseñar la actividad aérea para reducir su impacto ambiental.
Durante décadas, las consecuencias climáticas del transporte aéreo se han asociado casi exclusivamente al dióxido de carbono (CO₂). Iniciativas de diseño del espacio aéreo, como Fly Clean en España, han impulsado rutas más directas y eficientes que reducen emisiones. El avance hacia la neutralidad climática en 2050 amplía ahora esa mirada.
“El CO₂ no es todo el impacto de la aviación. De hecho, representa más o menos un tercio. Los otros dos tercios son impactos no CO₂ según algunas estimaciones, aunque puede variar según los modelos”, explica a SINC la ingeniera aeroespacial María Cerezo Magaña, de la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M). Cerezo Magaña, junto a su compañero del departamento de Ingeniería Aeroespacial de la UC3M, Manuel Soler Arnedo, forman parte del consorcio multidisciplinar europeo RefMap. Esta iniciativa busca desarrollar una plataforma digital capaz de cuantificar y optimizar el alcance ambiental de la aviación -tanto de aviones como de drones- a múltiples escalas. En el marco del proyecto, su trabajo busca reducir la huella de los vuelos comerciales con una reestructuración del espacio aéreo. Para ello incorporan criterios climáticos en la optimización de trayectorias de vuelo, con el fin de minimizar tanto las emisiones como otros efectos asociados al transporte aéreo.
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