El mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo llega a la Cumbre del Clima de Egipto con muchos propósitos de la «revolución verde» acuñada por el presidente Xi Jinping aunque haga malabarismos entre su transición verde y la seguridad energética.
Un par de días antes de que el congreso del gobernante Partido Comunista abriera sus puertas el 16 de octubre, las autoridades chinas ordenaron el cese de la producción en muchas factorías que están en un gigantesco parque industrial en Hebei, provincia colindante con Pekín, que acogía el cónclave político más importante del año.
Esas fábricas, hace una década, estaban concentradas dentro del cuarto anillo de la capital, pero se desplazaron a las tierras del vecino para menguar la pavorosa contaminación del centro político. La calidad del aire ha mejorado en Pekín gracias a ello, mientras que en Hebei se han tenido que comer toda la polución que los mandamases de la segunda potencia mundial no querían respirar en su ciudad.
Aun así, en Pekín sigue siendo habitual que las densas capas de smog bañen la urbe bastante a menudo, como ocurría en los días previos al congreso del partido. Por ello paralizaron la actividad de las fábricas. Sorprendentemente, el día de la apertura del evento, lucía un espléndido cielo azul. Se veían nubes blancas y no grises. Hasta se respiraba un aire que no asfixiaba.
No hubo confirmación oficial como otras veces, pero algunos vecinos que viven cerca de las montañas del norte de la ciudad explicaban que, en la previa del congreso, vieron a los militares lanzar cohetes al cielo. Los técnicos y científicos del Ejército Popular de Liberación suelen disparar proyectiles con yoduro de plata antes de grandes eventos, que forman cristales de hielo que ayudan a producir lluvias o limpiar del ambiente las partículas contaminantes.
Además de potenciar la ingeniería climática para que en la capital se vean más cielos azules, China tiene una ambiciosa agenda verde para los próximos años: ante la ONU se comprometió a llegar al tope de emisiones de carbono antes de 2030 y alcanzar la neutralidad en sus emisiones en 2060; se ha fijado el objetivo de generar el 20% del consumo total de energía del país a partir de energías renovables para 2025, mismo año en el que pretende producir hasta 200.000 toneladas anuales de hidrógeno verde libre de carbono, que se produce al descomponer el agua mediante electrólisis alimentada por fuentes de energía renovables.
La lista de objetivos climáticos del mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo (responsable del 27% de las emisiones globales), daría para completar varios folios. Son muchos los propósitos de la «revolución verde» acuñada por el presidente Xi Jinping, como dejar de construir centrales de carbón en el extranjero y reducir dentro de casa el uso del carbón, su principal fuente de energía, aunque tenga que hacer malabarismos entre esa transición limpia y la seguridad energética para que no falte la electricidad durante los duros inviernos en las frías regiones del norte.
Estas son algunas de las cartas con las que China, actor clave en el liderazgo en la lucha contra el cambio climático, ha acudido a la cumbre de la COP27 en Egipto. Pekín ha enviado a la ciudad costera de Sharm el-Sheikh a una delegación de 50 personas encabezadas por Zhao Yingmin, viceministro de Ecología y Medio Ambiente, y por el veterano Xie Zhenhua, principal funcionario de cambio climático, que pidió el domingo en su primera intervención más ayuda a las naciones en desarrollo.
Xie no quiso responder a los periodistas que le preguntaban si había alguna posibilidad de reanudar las conversaciones climáticas con Washington, rotas tras la visita en agosto a Taiwan de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi.
Esta ruptura entre las dos primeras potencias mundiales, con el grupo conjunto de trabajo sobre el clima que habían juntado ambos países, completamente desecho, ha provocado una preocupación generalizada en la ONU por el retraso que esto supondrá en los planes para llegar a acuerdos de descarbonización global o en la cooperación en la reducción de emisiones de metano. Además de una sacudida para el despliegue conjunto de la tecnología que necesita desarrollarse para las reducciones de emisiones.
En la previa de la cumbre, en China presentaron el informe anual del Ministerio de Ecología y Medio Ambiente (MEE) sobre las políticas y acciones para enfrentar el cambio climático. «Solo los esfuerzos concertados de todas las partes pueden abordarlo de manera efectiva. Debemos defender el verdadero multilateralismo, rechazar cualquier medida unilateral y la politización de los problemas climáticos, y oponernos a cualquier tipo de desvinculación», dijo Li Gao, jefe de la oficina de cambio climático del ministerio. «Los países ricos deben dejar atrás los eslóganes vacíos cuando se trata del cambio climático y avanzar en el cumplimiento de los compromisos de financiación», reiteró el funcionario.
Además del toque de atención dirigido a Occidente, Li quiso dar algunos detalles de los progresos patrios para demostrar su compromiso constante con la agenda climática internacional: en comparación con 2005, las emisiones de CO2 por unidad de PIB se redujeron un 50,8% para 2021, y la energía de combustibles no fósiles representó el 16,6% de la energía primaria ese año. «La capacidad instalada total de energía eólica y solar ha alcanzado los 635 millones de kilovatios, el consumo de carbón por unidad de PIB se ha reducido significativamente y la cobertura forestal y el volumen de existencias han logrado un crecimiento durante 30 años consecutivos», rezaba el informe.
Otro de los porcentajes internos que Pekín ha llevado a la cumbre para presumir de políticas aborda la caída de casi dos dígitos en las emisiones de dióxido de carbono (CO2) en el primer semestre del año. Lo vende como la efectividad de su fuerte apuesta por las renovables, aunque omite que la caída se debe también a una política pandémica que continúa confinando ciudades enteras y paralizando grandes centros industriales.
Fuente: El Mundo