Líderes europeos cuestionan el mercado de emisiones mientras el coste del carbono presiona a la industria.
Durante años, el Sistema Europeo de Comercio de Emisiones (ETS) fue presentado como uno de los instrumentos más sofisticados de la política climática europea. Su lógica era simple: si contaminar cuesta dinero, las empresas invertirán en tecnologías más limpias para evitar pagar por sus emisiones. Ese principio ha guiado buena parte del Pacto Verde Europeo, con el que Bruselas pretende convertir a la UE en el primer continente climáticamente neutro en 2050. Sin embargo, lo que durante años se consideró un modelo de éxito empieza a mostrar tensiones políticas y económicas. El detonante es el precio del carbono, que en una década ha pasado de unos 10 euros por tonelada de CO2 a cerca de 80, convirtiendo al sistema europeo en el mercado de carbono más caro del mundo. Este encarecimiento preocupa a varios gobiernos y sectores industriales, que temen que el sistema esté empezando a afectar a la competitividad económica europea.
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