Diez años después de que el Acuerdo de París redefiniera la ambición global, ha surgido una clara división. Algunas empresas están traduciendo sus compromisos climáticos en avances cuantificables; otras siguen atrapadas en ciclos de informe y retórica. Comprender esta división es más importante que nunca, porque la década de 2020 no debe ser otra década más de declaraciones. Necesitamos que este decenio sea un periodo decisivo para lograr un planeta habitable. El recién publicado Informe sobre la brecha de emisiones 2025 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente muestra un progreso modesto pero insuficiente. Si se aplicaran cabalmente, las contribuciones determinadas a nivel nacional (NDC) de los países limitarían el calentamiento a 2,3-2,5 °C, mientras que las políticas actuales conducirían a un aumento de 2,8 °C en este siglo. Esto significa una ligera mejora con respecto a las proyecciones del año pasado, que eran de 2,6-2,8 °C y 3,1 °C. Mientras tanto, la Organización Meteorológica Mundial confirma que los últimos 12 meses han sido los más calurosos jamás registrados. Los desastres relacionados con el clima causaron pérdidas por valor de más de 360 000 millones de dólares en todo el mundo en 2023. El cambio climático ha pasado de ser una cuestión de sostenibilidad a una cuestión estratégica y financiera. Se ha convertido en un factor que ya influye en las calificaciones crediticias, las primas de seguros y la resiliencia de la cadena de suministro. Lo que distingue a los líderes de los rezagados no es su ambición, sino su capacidad de ejecución. Eso significa convertir las señales políticas en cambios operativos. La última década ha demostrado que las políticas y la innovación pueden cambiar los mercados. La inversión en energía limpia superó a la inversión en combustibles fósiles por primera vez en 2023, alcanzando los 1,8 billones de dólares a nivel mundial, según la AIE. La energía solar y eólica han batido nuevos récords de capacidad, y los vehículos eléctricos están transformando los sistemas de movilidad. Pero el progreso, aunque real, sigue siendo parcial, ya que la brecha ya no es tecnológica, sino organizativa. Las empresas que logran impactos mensurables comparten una característica distintiva: tratan la sostenibilidad como un desafío sistémico, no como un ejercicio de comunicación. Incorporan los datos ambientales y sociales directamente en los sistemas financieros y operativos que guían sus decisiones. Los equipos de compras, logística y finanzas (no solo los responsables de sostenibilidad) ven los datos climáticos en tiempo real y actúan en consonancia. Esta integración hace que la sostenibilidad sea auditable y financieramente importante. Según el Informe sobre la cadena de suministro global 2024 del CDP, las empresas que incorporan datos ambientales en sus decisiones de compra reducen las emisiones de la cadena de suministro hasta un 35% más rápido que las que actúan solamente con base en informes periódicos.
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