SALA DE PRENSA

Sí, la movilidad sostenible es posible. Alejandro Castanera, septiembre de 2019

Uno de los grandes retos a los que la humanidad debe enfrentarse dado el gran impacto que tiene en nuestro entorno es sin duda la movilidad. Supone un gran reto pues nos afecta a todos por igual e implica tantos factores que es tremendamente difícil de conciliar. Pero no es imposible.

Últimamente se habla mucho de la sostenibilidad en torno a la movilidad, la cual suele estar vinculada a la contaminación. Hacemos muy bien en preocuparnos por la calidad de nuestro aire, pero hay otros factores que juegan un papel fundamental en la calidad de vida de las personas y que solemos omitir. Hablamos de la contaminación acústica, del colapso de la vía pública, de las muertes innecesarias en carretera, de la ansiedad y malestar que provocan los atascos, de los cambios en los patrones migratorios de los animales por culpa de aviones y barcos o la construcción de autopistas, y así una larga lista de problemas asociados directamente a algo tan básico como nuestro desplazamiento de un sitio a otro.

Pero, ¿es la movilidad la generadora de estos males, o somos nosotros, los humanos, los que hemos convertido algo tan natural como la movilidad en uno de los principales problemas de nuestro tiempo? Yo creo que, como siempre, somos nosotros.

De entrada, nos hemos acostumbrado a desplazarnos por el mundo sin tener en cuenta nada más que nuestro derecho a hacerlo, o nuestro derecho a disponer de cualquier producto o servicio en cualquier momento, venga de donde venga. La democratización del coche particular, la aparición de las compañías aéreas low cost o la construcción de cruceros titánicos, sumado al consumismo extremo al que hemos llegado, nos han llevado a una situación totalmente insostenible. Y no es culpa de la movilidad como concepto, ni siquiera de los formatos disponibles, es culpa de nuestra incapacidad para utilizarla con un poco de cabeza.

Vivimos lejos de donde trabajamos, llevamos a los niños todavía más lejos, nos vamos de vacaciones a la otra punta del mundo (y pretendemos hacerlo en el menor tiempo posible y tantas veces como podamos), cogemos el coche solos para hacer un trayecto que podríamos hacer en transporte público o incluso andando, y nos quejamos cuando las administraciones llevan a cabo restricciones al uso de determinados vehículos. ¡Es ridículo!

Es evidente que no solo depende de uno mismo. Hay muchos factores personales, profesionales e incluso gubernamentales que nos impiden utilizar la lógica ni la eficiencia en el uso que hacemos de la movilidad. No siempre podemos trabajar cerca de casa ni podemos evitar coger el coche un día de lluvia para llevar los niños al colegio. Tampoco debemos renunciar a visitar Australia al menos una vez en la vida o ir a ver a nuestros familiares que viven en otro país. Pero lo que sí que podemos y debemos hacer es, en la medida de lo posible, reducir el impacto que generamos al desplazarnos en nuestro día a día. Solo hace falta, en mi humilde opinión, un poco de sacrificio y sentido común.

Por suerte el mundo está tomando consciencia de esta situación y tanto particulares, empresas como administraciones nos estamos poniendo las pilas para solventar un escenario que no solo afecta a la calidad medioambiental, sino que ataca directamente al bienestar en las ciudades del mundo.

Un buen camino que estamos adoptando es, por ejemplo, el de los vehículos eléctricos. Una buena solución, que estoy seguro que no será la definitiva, que puede mejorar notablemente la calidad de vida en las cada vez más superpobladas ciudades modernas. Como toda nueva tecnología, todavía hay cuestiones por resolver y mejorar, pero creo que es el camino correcto.

Pero no solo se trata de cambiar el modelo energético (gasolina vs electricidad) sino también el tipo de vehículo. Y es que, ¿de qué sirve cambiar el coche de gasolina/diésel por el eléctrico? Ocupan el mismo espacio, provocan el mismo estrés por las mañanas, generaran el mismo número de accidentes y son sustancialmente más caros que los de gasolina (aunque los estudios demuestran que económicamente vale la pena hacer el cambio). Eso sí, son silenciosos y no ensucian el aire en las ciudades. Es un gran avance, pero me temo que eso no es suficiente para conseguir una movilidad sostenible como tal.

La solución óptima pasa por ir andando, usar la bici o el transporte público. Eso sería lo ideal para una movilidad sostenible de verdad. El problema es que entra en juego otro concepto: la conveniencia. Ahí reside la clave del éxito de cualquier nuevo sistema de movilidad, tiene que ser conveniente para que el ciudadano esté dispuesto a dar el paso. Aspectos como la velocidad, la seguridad, la facilidad de uso o el alcance, definen la conveniencia de la movilidad urbana, y sin ella difícilmente podrá triunfar.

Esta línea de pensamiento es la que ha llevado a marcas como NIU, la empresa de scooters eléctricos líder mundial y distribuida por Motos Bordoy en España, a plantear un tipo de movilidad basada en la eficiencia, la sostenibilidad y la conveniencia de uso. Todo ello combinado con una conectividad que permite al usuario conocer todo lo relativo a sus desplazamientos diarios y, así, ganar consciencia de su impacto al desplazarse. Esta estrategia les ha llevado a vender más de 810.000 unidades en apenas 5 años y son todo un referente en el proceso de transformación de la movilidad en las ciudades, ya sea para los particulares ofreciéndoles productos con gran diseño y soluciones de motosharing, como para las empresas de cualquier sector que busquen un ahorro de costes notable y el cumplimiento de las normativas europeas que están al caer.

Personalmente creo que la movilidad sostenible es posible, soy un gran defensor y por eso me dedico a lo que me dedico, pero debemos tomar consciencia de lo que supone. Creo que el scooter eléctrico es una gran solución para los habitantes de las grandes ciudades y para las empresas que operan en ellas. Y es que cumple con los 3 puntos que, a mi entender, definen la movilidad sostenible en una ciudad: 0 contaminación (acústica y del aire), liberación de espacio y conveniencia de uso (és ágil, rápido y seguro). También creo y confío en el coche eléctrico como paso indispensable para una descarbonización de la movilidad, pero creo que su acceso a la ciudad debería estar mucho más limitado para subsanar el resto de problemas que generan como método de movilidad personal en centros urbanos.

Me gustaría terminar volviendo a los aspectos más macro de la movilidad, en donde también podemos contribuir a una mejora global. No es necesario convertirlo en una obsesión, pero tampoco me vale el discurso de “yo como individuo poco puedo hacer”. No estoy de acuerdo. Sí se puede, y se puede hacer mucho. Podemos utilizar el tren lugar del avión, comprar productos de proximidad o permitir a nuestros empleados más horas de work from home. Una vez más, es cuestión de sentido común.

Estoy convencido, sobre todo por la cuenta que nos trae, que estas líneas y los debates que puedan generar, ya no tendrán sentido en un futuro no muy lejano, porque habremos llegado a un momento tecnológico en el que la movilidad del ser humano y de “sus cosas” tenga un impacto tan mínimo en nuestro entorno que podamos enfocar nuestros esfuerzos en resolver otras cuestiones. Pero hasta entonces, nos toca tomar decisiones, y hay que hacerlo ya.

Alejandro Castanera
Brand Manager NIU España

Empresa Miembro de la Fundación Privada Empresa y Clima